El de Mankell lo cogí pero al hacer el gesto de tocar uno de los otros, los realmente viejos, sentí un frío subir por mi brazo.
Instintivamente retiré la mano y el calor volvió a ella, intenté abrir directamente la tapa del contenedor pero el frío me atenazó los dedos. Fui incapaz siquiera de levantarla un centímetro, las yemas de mis dedos perdieron la sensibilidad.
Ese día volví a casa con la bolsa de la basura y un libro nuevo bajo el brazo, lo que fuera y el resto de los libros se quedó guardando el contenido de aquel cubo de materia orgánica presuntamente en descomposición, presuntamente de…

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